Los autores: maestros lapidarios


Desde la segunda mitad del siglo XIX, en el discurso republicano liberal se afianzó la estimación y el reconocimiento frente al potencial del trabajo artesanal que, a diferencia de los sectores populares considerados “menos útiles” a la sociedad y a la afirmación republicana, los artesanos encarnaban una promesa, un buen augurio de una nación fortalecida por todos sus ciudadanos. Punto de partida muy significativo para mantener, desarrollar y multiplicar no sólo la labor artesanal en general, sino la tradición lapidaria en particular, con una formación instituida. Los autores de las lápidas, artesanos lapidarios o marmolista fueron afianzando el valor de su oficio, refinaron la técnica y lograron vigorizar, finalmente, una producción que los respalde. Eran adiestrados en los talleres y se concentraban en recibir una instrucción pública, sobre todo, nocturna, para afinar y hacer eco del proyecto republicano liberal: Un artesano instruido es un hombre que puede sacar mejor provecho de su arte y tener más aceptación en la buena sociedad, siendo mejor padre de familia y cumplido ciudadano.
 (El Nacional, 1888:1)
Las aspiraciones sociales de los gremios artesanales quedaron patentes en la actividad corporativa y el compromiso con la educación que asegure una vida mejor. La educación y la instrucción les haría consolidar su propia ciudadanía y legitimaba sus expectativas de superación. (García Bryce, 2008: 251) En el discurso liberal, la inclusión de los sectores artesanales respondía a la necesidad de incorporar a las clases populares en el proyecto, porque de ello dependía la viabilización de la idea de país.
Si bien es cierto que el proyecto liberal republicano decimonónico no vio satisfechas sus expectativas, entre ellas la necesidad de incorporar a las clases populares al proyecto de país, sin embargo, pensamos que estas motivaciones fueron sustanciales para el logro de una labor artesanal mucho más elaborada y mejor producida. Ideas que llegaban a los maestros por las actividades corporativas, muy frecuentes, y por la prensa dedicada al sector. Progresivamente el producto artesanal de los maestros lapidarios se fue consolidando: Desde la década de 1840, incluso en los últimos años de la década anterior, época en la que se inició la tradición lapidaria con obras que incluían sólo textos grabados, primero, y luego en bajo relieve y pintadas que incluían el nombre del autor: “M. Villavicencio lapidó” o “Francisco Esnard grabador“— , y luego incisas y pintadas. A partir de 1850 se difunde el trabajo de lápidas grabadas o incisas, debido a que de un lado, se acrecienta la demanda y del otro, se establece la tradición. Las lápidas presentan, a veces, la firma de su autor con nombre y apellido, o sólo iniciales, pero, igualmente hay un buen número de piezas anónimas. Es obvio que por haber vigorizado el oficio y a la vez el mercado, quedaban mayores posibilidades abiertas para la presentación de las obras terminadas. Los motivos representados en los primeros periodos se repitieron con cierta constancia, probablemente siguiendo la demanda particular de los deudos, para luego dejar mucho más abiertas las posibilidades a la inspiración y a la inclusión de nuevos temas y motivos funerarios, siempre dentro del marco de las expectativas de la función que debían cumplir.




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